Foto: cortesía. Portal ERP LATAM .
América Latina atraviesa un momento decisivo en su relación con la inteligencia artificial (IA). Mientras el mundo avanza hacia modelos cada vez más favorables de regulación y adopción tecnológica, la región se enfrenta a una paradoja: tiene el potencial de aprovechar la IA como motor de crecimiento económico, pero aún arrastra profundas brechas en gobernanza e infraestructura que podrían dejarla rezagada.
La gobernanza de la IA, entendida como la necesidad de orientar su desarrollo y uso, ya no es un tema técnico ni futuro: es una cuestión estratégica. En palabras de la Asociación Chilena de Empresas de TI (ACTI), no se trata solo de regular, sino de generar confianza, atraer inversión y habilitar la innovación responsable. De hecho, datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se estima que la IA podría aportar hasta un 5,4% adicional al PIB regional hacia 2030, equivalente a unos 500.000 millones de dólares, siempre que existan marcos adecuados que impulsen su adopción.
Sin embargo, el avance en la región es desigual. Según el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA), países como Brasil, Chile y Uruguay han logrado estructurar estrategias nacionales más robustas, mientras que otros aún carecen de hojas de ruta claras, lo que genera una región fragmentada y con riesgos regulatorios. Esta falta de armonización no solo limita la competitividad, sino que también abre la puerta a una dependencia tecnológica externa, en un escenario global donde la gobernanza de la IA define relaciones de poder.
Chile: del discurso colaborativo a la acción empresarial
Hablar de gobernanza de la inteligencia artificial en Latinoamérica suele quedarse en el terreno de las buenas intenciones. Sin embargo, desde Chile comienza a consolidarse una visión más pragmática, donde el sector privado asume un rol activo y no espera a que las reglas estén completamente definidas. Así lo plantea Luz María García, directora ejecutiva de ACTI, quien advierte que la gobernanza de la IA no puede recaer únicamente en los gobiernos, sino que debe construirse desde un esfuerzo colectivo.

“ La gobernanza de la IA es una responsabilidad tanto del mundo privado como de todo el ecosistema ”, sostiene García, subrayando un cambio de paradigma clave: pasar de la lógica de competencia y resguardo de la información a una de colaboración y apertura. En un entorno donde los datos son el activo central, compartir conocimiento deja de ser una debilidad para convertirse en una condición necesaria para avanzar.
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Esta no visión es menor. En América Latina, una de las principales brechas no es tecnológica, sino cultural. La región aún enfrenta dificultades para articular esfuerzos conjuntos, romper silos y construir confianza entre empresas, industrias y gobiernos. “ El diálogo se vuelve un recurso estratégico ”, enfatiza la voz, al tiempo que advierte que sin confianza será difícil cerrar las brechas estructurales que frenan la adopción efectiva de la IA.
Pero el planteamiento va más allá del discurso ético o regulatorio. García introduce un elemento que muchas veces se pasa por alto en la conversación: la gobernanza también es negocio. No se trata solo de cumplir principios, sino de entender que una adopción responsable de la IA impacta directamente en la productividad, el crecimiento y la competitividad empresarial. En sus palabras, “ hay una oportunidad de crecimiento comercial y de alta productividad ”, lo que convierte a la gobernanza en un habilitador estratégico y no en una barrera.
Aun así, el salto de la teoría a la práctica sigue siendo el gran desafío regional. Para el líder gremial, el problema radica en la tendencia a sobredimensionar la complejidad de la IA. “ Hay que simplificar ”, afirma, señalando que muchas organizaciones aún no tienen claridad sobre qué problemas concretos buscan resolver con estas tecnologías. En un contexto global marcado por múltiples variables y alta incertidumbre, la IA debe entenderse como una herramienta para abordar esa complejidad, no como un fin en sí mismo.
Desde Chile, el sector tecnológico intenta marcar una ruta. Según García, existe un “ compromiso absoluto” ” para impulsar al país como un actor relevante en la economía digital, fortaleciendo especialmente la articulación público-privada. Sin embargo, reconoce un reto adicional: lograr que esa conversación también fluya entre empresas, particularmente entre el sector tecnológico y las industrias más tradicionales.
En ese punto, Chile refleja una realidad que se replica en toda América Latina. La gobernanza de la IA no solo depende de marcos regulatorios o capacidades técnicas, sino de la capacidad de los actores para coordinarse, confiar y actuar en conjunto. Y en esa tarea, como deja clara la experiencia chilena, el liderazgo empresarial no es opcional: es imprescindible.
Perú: la IA como palanca para formalizar la economía
En América Latina, la conversación sobre IA suele centrarse en productividad e innovación, pero en países como Perú el enfoque es aún más estructural: la IA como herramienta para combatir la informalidad. Así lo plantea Maite Vizcarra, presidenta de la Comisión de Innovación, Tecnología e IA de la Cámara de Comercio de Lima, quien pone el dedo en una de las mayores brechas de la región.

“ Casi el 80 % de la economía es informal ”, advierte Vizcarra, describiendo un ecosistema donde miles de pequeñas unidades productivas operan al margen de la tributación y con dinámicas laborales precarias. En ese contexto, la adopción tecnológica no es solo una oportunidad, sino una necesidad urgente para mejorar la competitividad. “ Lo que buscamos es que a través de la tecnología se formalicen las empresas ”, afirma.
Sin embargo, el camino no pasa por una adopción indiscriminada. Como lo comenta la ejecutiva, desde la Cámara de Comercio de Lima se está impulsando una estrategia más aterrizada: identificar primero qué tareas son realmente “pro-IA” y, a partir de ahí, capacitar a las MiPyMES y PyMES para el uso efectivo de herramientas como la IA generativa. El enfoque es claro: menos discurso y más aplicación concreta.
El reto, sin embargo, también es institucional. En un entorno marcado por la inestabilidad política, el rol del sector privado adquiere mayor protagonismo. “ Es el sector privado el que empuja al Estado ”, señala Vizcarra, destacando una dinámica en la que las empresas no solo adoptan tecnología, sino que también proponen cómo implementarla y articulan su validación.
Así, el caso peruano revela una realidad más amplia en la región: la gobernanza de la IA no puede desligarse de los problemas estructurales de cada país. En este escenario, la tecnología deja de ser una tendencia global para convertirse en una herramienta concreta de transformación económica y social, capaz de cerrar brechas históricas si se implementa con enfoque y coordinación.
En este contexto, surgen iniciativas que buscan cerrar esa brecha desde el sector privado. Un ejemplo reciente lo lidera el Centro Internacional para la Empresa Privada CIPE, en articulación con la CCIT, el CNC y aliados estratégicos de la región en Chile, Colombia y Perú, enmarcado en una Hoja de Ruta que contempla la creación de una plataforma del sector privado para impulsar la gobernanza de la IA en América Latina, con una primera fase de implementación prevista entre 12 y 18 meses.
Este tipo de esfuerzos refleja un cambio clave: la gobernanza ya no es solo un asunto estatal, sino un proceso colaborativo entre empresas, academia y gobiernos.
Sin embargo, para que ese potencial se materialice, la gobernanza debe responder a las necesidades reales de las empresas. No basta con replicar modelos regulatorios europeos o estadounidenses. “ América Latina necesita un enfoque propio: flexible, inclusivo y alineado con su tejido productivo, donde predominan las pequeñas y medianas empresas. Esto implica construir marcos que no frenen la innovación, pero que tampoco permita usos irresponsables o riesgos sistémicos ”, concluye Germán López, miembro de la red de expertos de ética de IA de la UNESCO.




